Porqué en Europa debemos defender las elecciones del 6 de diciembre en Venezuela

Traduzione in italiano di seguito.

Geraldina Colotti

Proponemos un resumen del programa semanal Brecce, que puedes escuchar en Radio Quarantena (https://www.spreaker.com/show/radioquarantena).

Este episodio está dedicado a Venezuela, en el contexto de América Latina y en el contexto más general del enfrentamiento entre la hegemonía imperialista norteamericana y la construcción de un mundo multicéntrico y multipolar que frena su carrera.

Hablamos de Venezuela en términos de actualidad política, pero también en términos simbólicos, ya que es bueno enmarcar su importancia general para las esperanzas de cambio estructural que se abrieron al mundo a principios del tercer milenio con la victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

El próximo 6 de diciembre se celebrarán elecciones parlamentarias. Un evento de gran importancia, quizás el más importante en comparación con los 24 anteriores: esta es la elección n° 25 – que han tenido lugar desde la victoria de Chávez hasta hoy. ¿Porque es la más importante? Primero, porque las elecciones, en la Venezuela bolivariana, pueden definirse como una palanca para aumentar la conciencia de las masas populares. Porque la figura principal de la «democracia participativa y protagónica», como se llama a la venezolana, es la búsqueda de una dialéctica constante entre conflicto y consenso,

 Un conflicto permanente determinado por el hecho de que el socialismo bolivariano -que se define como socialismo del siglo XXI- no eligió proscribir a la burguesía a través de la dictadura del proletariado, sino convivir con ella, apostando por quitarle el suelo de debajo de los pies, desmantelando desde adentro el viejo estado burgués, y ganando cada vez más apoyo al proyecto de sociedad propuesto.

Eligió vivir «durmiendo con el enemigo en casa», como dicen, dejando al descubierto el nervio de la coerción revolucionaria. Sólo entendiendo adecuadamente este punto se puede comprender cuán ridículas son las acusaciones de autoritarismo que se hacen contra el gobierno bolivariano.

La filosofía del diálogo guía todos los intentos de mediación política en Venezuela: tanto a nivel internacional a través de la propuesta de «diplomacia de paz con justicia social», como a nivel interno. Una metodología comparable a la que lleva a cabo el movimiento feminista en sus momentos de asamblea más felices: la búsqueda permanente de consensos y el uso del «centralismo democrático» solo para respetar las decisiones colectivas.

Y, por otro lado, la fuerza de la mujer es visible en todos los niveles de las estructuras de poder de la sociedad venezolana: desde los básicos, donde las mujeres dirigen el 80% de los organismos de masas, hasta los poderes del Estado, que son 5, dos más que los canónicos de las democracias representativas, a saber, el legislativo, el ejecutivo, el judicial. La constitución bolivariana prevé dos más, el poder Moral, o ciudadano, y el poder Electoral, todos rigurosamente elegidos, como diríamos, «desde abajo» y revocables por referéndum popular a mitad de período, así como lo es el presidente de la República. Y para mantener unido el equilibrio de estos cinco poderes está el Tribunal Supremo de Justicia.

En los últimos días se ha difundido la noticia del nombramiento de una compañera indígena al ministerio de descolonización y despatriarcalización de Bolivia. Noticia obviamente positiva. En Venezuela, sin embargo, esto ha existido desde que existió la constitución bolivariana, en 1999, y hay ministras que representan, según sus leyes ancestrales, a las más de 35 poblaciones nativas registradas en Venezuela.

El diálogo, en el caso de estas elecciones, ha dado lugar a numerosos encuentros con todos los componentes de la oposición, incluidos los golpistas, encabezados por el imperialismo estadounidense que quiere apoderarse del país, y que por esta razón siempre han abandonado la mesa de diálogo.

Al final, el sistema electoral se ha enriquecido. Un sistema automatizado considerado a prueba de fraude, que da resultados irrefutables en pocas horas, y que lleva meses realizando revisiones y verificaciones, que continuarán incluso después de la votación con todos los partidos presentes y con los «acompañantes» internacionales de todas tendencias politicas. Un sistema automatizado que entrega una contraseña secreta a todas las partes, que pueden controlar aún más el progreso de la votación, y que proporciona tanto una respuesta manual con un comprobante de voto, así como la recepción telemática del voto mediante la huella. Un sistema tan seguro y claro que prevé el inmediato recuento manual de los votos de una muestra de más de 50% de las papeletas escrutadas.

El proceso de diálogo ha permitido ampliar el sistema proporcional, el número de diputados y partidos, manteniendo inalterada la figura prospectiva de la democracia participativa y protagonista. El 40% de los candidatos y candidatas son menores de treinta años, la mayoría de los candidatos y candidatas se presentan por primera vez y la participación de mujeres es del 50%.

Decíamos antes sobre la existencia de los 5 poderes que deben mantenerse en equilibrio, de lo contrario se desestabilizará la democracia. Por tanto, es importante entender que, en 2015, cuando se celebraron las últimas parlamentarias, ganó la derecha. ¿Cómo ganó? Haciendo política con la guerra económica que el imperialismo libró ya durante la enfermedad de Chávez, esperando la debilidad del nuevo liderazgo y jugando con las contradicciones que quedaban abiertas. La misma táctica usada contra el gobierno de Allende en Chile.

Tan pronto como tomó posesión del parlamento, con su amplia mayoría, la derecha intentó inmediatamente retroceder el reloj de la historia, volviendo al sistema de democracia burguesa, que había permanecido vigente desde 1958 hasta la constitución de 1999. Trató de usar uno de los cinco poderes, el legislativo, como palanca para desestabilizar el Estado, mientras que la propaganda neocolonial en Europa, que considera sólo la democracia burguesa occidental digna de respeto, nos hizo creer que Maduro estaba cerrando el Parlamento.

Fueron años de furiosa violencia desatada por la derecha golpista, que fue presentada aquí por los medios egemónicos como democrática y pacífica mientras quemaba vidas en la calle para ser consideradas chavistas (29 personas terminaron así). La violencia cesó una vez más con la democracia directa, con la participación popular, con el poder popular organizado.

 El 1 de mayo de 2017, durante la fiesta de las trabajadoras y trabajadoras, Maduro de hecho convocó al poder popular constituyente, máxima instancia de poder para el ágora bolivariano y más allá. Una mirada a las demandas que se levantan desde Chile y desde otras partes de América Latina nos hace comprender cuán profunda es la necesidad que la voluntad popular, la verdadera y no mediada por las élites que siempre la pisotean, haga oír su voz en frente al colapso del capitalismo y sus mecanismos de poder en todo el mundo.

Sin embargo, esa decisión, por la cual la mayoría de la población votó por una Asamblea Nacional Constituyente, fue vista en estos lares como un acto autoritario. Maduro cierra el parlamento, se dijo, mientras se planeaban ataques desestabilizadores desde ese parlamento en manos de la derecha, se pedían y se obtenían medidas coercitivas unilaterales que son consideradas como crímenes de lesa humanidad por la ONU, y se llegava a la autoproclamación de Guaidó y al robo legalizado de los acctivos venezolanos a nivel internacional.

Evidentemente, dada la potestad plenipotenciaria de la Asamblea Nacional Constituyente, ese brote desestabilizador en el cual se había convertido en el parlamento, y que estaba provocando el progresivo desprendimiento también de la parte no golpista de la derecha venezolana, podría haberse cerrado. En cambio, tanto la ANC como el parlamento de oposición continuaron legislando en el mismo edificio, un aula frente a la otra. ¿Cuántos han reflexionado sobre esto?

Hay, por supuesto, comunistas que critican, por así decirlo, desde la izquierda, esta filosofía del gobierno bolivariano, que prefiere apagar el fuego por sí solo con un mínimo de coacción por parte del Estado. Pero, incluso en este caso, deberíamos mirar la historia de las revoluciones, tanto las del gran siglo XX, como los procesos de cambio estructural que se pusieron en marcha con esmero tras la desaparición de ese mundo: el esfuerzo por reconstruir un lenguaje común en la demonización general del comunismo, la dificultad de unir una izquierda desintegrada y silenciada como la que estamos viendo en Europa; el esfuerzo titánico por haber reunido un bloque social anticapitalista y antiimperialista remotivando un nacionalismo progresista y popular, y reconvirtiendo las fuerzas insurrectas y guerrilleras en construir un pasaje a la lucha política por otros medios, pero con los mismos principios (un pasaje por lo contrario hasta hoy cerrado en esta Europa securitaria); la dificultad de reconstruir nuevas relaciones de poder en un mundo dominado por el sistema capitalista.

En este sentido, Venezuela también debe ser considerada un ejemplo para los revolucionarios y revolucionarias de los países capitalistas, que se enfrentan, especialmente en Italia, con una pregunta ineludible: ¿por qué no se llegó al poder ni con elecciones ni con la lucha armada? ¿Por qué, incluso con el consenso que tenía la izquierda en Grecia, no fue posible pasar? Venezuela, como de otras formas y en otras ocasiones lo hizo el pequeño barco Granma en Cuba, nos dice que se puede hacer.

Dice que las masas pueden organizarse en torno a un proyecto de cambio estructural teniendo en cuenta las nuevas condiciones, alianzas y modulaciones, pero con la condición de mantener el mismo espíritu que animó la revolución de 1917 y que llevó a la Unión Soviética, o la Larga marcha china, y que se resistió al imperialismo.

Venezuela es un ejemplo de resistencia y una muestra de los costos a pagar incluso por una verdadera democracia, que solo nos da el socialismo. ¿Crees que, con todo lo que han pasado y están pasando los sectores populares por el feroz bloqueo económico-financiero impuesto por EE.UU. y Europa, con toda la tradición de levantamientos populares que tiene Venezuela, no se habrían deshecho ya de Maduro y del gobierno bolivariano?

Si no lo hacen, si no terminan en una trampa de derecha como ha sucedido en Brasil y otros países latinoamericanos, es gracias a la alquimia que han desplegado, precisamente, en la dialéctica entre conflicto y consenso, donde la conciencia popular, la del poder popular organizado constituye la linfa central.

Para mirar la revolución bolivariana es necesario quitarse las anteojeras, porque la insurgencia de Chávez ha trastocado las categorías tradicionales entre derecha e izquierda, pero no como lo hemos hecho en Europa, en nombre de un posmodernismo que ha debilitado la necesidad de la lucha de clases. Lo hizo relanzando, a su manera, el laboratorio del siglo XX en el presente, y poniendo en conocimiento del mundo los límites de la democracia burguesa, los límites de un voto ritual en el que siempre deciden las 60 familias que gobiernan el mundo. “En Estados Unidos hay un sistema fraudulento, del tercer mundo ”. ¿Sabes quién lo dijo? El Sr. Donald Trump, respondiendo a los periodistas por qué no tiene la intención de admitir su derrota ante el «demócrata» Biden.

Mientras tanto, las señoras y señores de la Troika, en Europa, se enfrentan a la resistencia de aquellos países de la Unión Europea que no quieren ofrecer garantías sobre los «derechos humanos». Pero la Unión Europea sanciona precisamente a aquellos países que, como Venezuela, se centran en los derechos básicos de las personas, hogar, trabajo, salud, educación, sin separarlos de todos los demás derechos, siendo los primeros requisitos previos para todos los demás derechos.

Para comprender la particularidad del sistema bolivariano, basta con mirar la diferencia entre lo que ocurre en los países capitalistas en cuanto a la relación entre la legitimidad de los derechos y la legalidad del estado burgués. Quienes no tienen casa y la ocupan, quienes ocupan espacios destinados a la especulación y los entregan a la ciudadanía, son desplazados y procesados, quienes no tienen trabajo y protestan, son “invitados” con la fuerza a respetar la «propiedad privada». Es más culpable quien funda un banco que quién lo roba, escribió el gran poeta revolucionario Bertolt Brecht. Pero, ¿quién sigue hoy sus palabras?

En Venezuela, cuando las grandes empresas privadas huyen por la noche poniendo candados en las fábricas y dejando a los trabajadores en casa, son los propios ministros e incluso el presidente quienes van a quitar los candados y entregar las fábricas a los trabajadores, dotándolos de las herramientas para continuar.

¿Qué tipo de sociedad propone el socialismo bolivariano? Cualquiera puede hacerse una idea leyendo al menos tres textos fundacionales: la Constitución Bolivariana, también disponible en otros idiomas, el Libro Rojo, el estatuto del Partido Socialista Unido de Venezuela, y el libro Violeto, con las tesis del socialismo feminista. Así se podrá ver cuál es la genealogía de referencia, el panteón de madres y padres que van desde los héroes y heroínas indígenas, hasta las y los cimarrones, hasta el árbol de las tres raíces: Simón Rodríguez, el maestro libertario del Libertador, Simón Bolívar, padre de la patria venezolana cuyo sueño era construir una Patria Grande para todo el continente, y el símbolo de las luchas campesinas, Ezequiel Zamora.

Luego están los pensadores y las pensadoras del marxismo y de la independencia latinoamericana, y las influencias de corrientes de pensamiento como la Teología de la Liberación, que nos lleva a considerar a Cristo como el primer socialista. Uno de los principales referentes es el revolucionario peruano Carlos Mariátegui, según el cual el marxismo no debe ser “ni calco ni copia”, sino una inspiración ideal y concreta para la realidad concreta.

El PSUV se fundó en 2007, tras un período de incubación que aprovechó todas las sugerencias vividas en el laboratorio de prácticas e ideas que se habían puesto en marcha en esos años y que, en torno a la exhortación de Simón Rodríguez, “o inventamos o erramos”, terminó discutiendo cuestiones históricas que han dividido, incluso dramáticamente, al movimiento obrero en el transcurso de la historia: por ejemplo, entre centralización y autogestión.

Así, paralelamente a los procesos de nacionalización que permitieron recuperar las principales industrias del país, se desarrolla el estado de las comunas, donde se organiza el poder popular, dentro pero también fuera del partido, se organiza la gestión de la polis, en fábricas y barrios, o en la economía popular, a través la gestion directa del presupuesto. Una de las principales propuestas del chavismo por el nuevo parlamento que saldrá del 6D es el parlamento comunal.

Lo que propone el socialismo bolivariano es una sociedad de economía mixta, que lucha contra los grandes monopolios pero intenta poner la propiedad privada no especulativa al servicio del desarrollo de las fuerzas productivas, siempre que respete las estrictas leyes del trabajo y el medio ambiente. Una economía en la que la propiedad social y autogestionaria se desarrolla cada vez más, hasta el punto de reducir el peso de la propiedad privada, que en todo caso debe mantenerse bajo control estatal.

Y se podría continuar, porque la revolución bolivariana tiene un carácter verdaderamente permanente, continuo y dialéctico, que intenta estar a la altura de los desafíos del presente.

El desafío de cuántos y cuántas quieren reiniciar un proceso de cambio estructural incluso en los países capitalistas, es decir, que consideran que el primer deber de un comunista es hacer la revolución en su propio país, es abandonar vacilación y decir enérgicamente a los Estados Unidos y la Unión Europea: manos fuera de Venezuela. Esto también se puede decir firmando la petición de la Red europea en defensa de la revolución bolivariana que se puede encontrar, en varios idiomas, en el sitio web francés le deux rives:

https://www.les2rives.info/petition6d

 

italiano

Perché in Europa dobbiamo difendere le elezioni del 6 di dicembre in Venezuela

Proponiamo una sintesi della rubrica settimanale Brecce, che si può ascoltare (e diffondere) su Radio Quarantena (https://www.spreaker.com/show/radioquarantena).

Una puntata dedicata al Venezuela, nel contesto dell’America Latina e in quello più generale dello scontro tra l’egemonia imperialista nordamericana e la costruzione di un mondo multicentrico e multipolare che le contrasta il passo.

Parliamo del Venezuela in termini di attualità politica, ma anche in termini simbolici, giacché è bene inquadrarne l’importanza generale per le speranze di cambiamento strutturale che ha aperto all’inizio del terzo millennio con la vittoria di Hugo Chavez alle presidenziali del 6 dicembre 1998.

Questo prossimo 6 di dicembre, si svolgeranno le elezioni parlamentari. Un appuntamento di grande importanza, forse il più importante rispetto ai precedenti 24 – questa è l’elezione n. 25 – che si sono svolti dalla vittoria di Chavez a oggi. Perché? Intanto perché le elezioni, nel Venezuela bolivariano, si possono definire una leva per far crescere la coscienza delle masse. Perché la cifra principale della “democrazia partecipata e protagonista”, come si denomina quella venezuelana, è la ricerca di una dialettica costante tra conflitto e consenso,

 Un conflitto permanente determinato dal fatto che il socialismo bolivariano – che si definisce socialismo del 21° secolo – non ha scelto di mettere fuori legge la borghesia mediante la dittatura del proletariato, ma di conviverci, scommettendo di toglierle il terreno da sotto i piedi, smontando dall’interno il vecchio stato borghese, e conquistando sempre più consensi al progetto di società proposto. A questo riguardo, si è svolto un significativo ciclo di incontri a livello internazionale dedicato proprio al tema del Blocco storico, del Gramsci applicato al socialismo bolivariano.

Un processo che ha scelto di vivere “dormendo con il nemico in casa”, come dicono loro, lasciando cioè scoperto il nervo della coercizione rivoluzionaria. Solo intendendo adeguatamente questo punto, si può capire quanto ridicole siano le accuse di autoritarismo rivolte al governo bolivariano.

La filosofia del dialogo guida tutti i tentativi di mediazione politica in Venezuela: sia sul piano internazionale attraverso la proposta della “diplomazia di pace con giustizia sociale”, sia sul piano interno. Una metodologia apparentabile a quella che attua il movimento femminista nei suoi più felici momenti assembleari: la ricerca permanente del consenso e l’uso del “centralismo democratico” solo per rispettare le decisioni collettive.

E, d’altro canto, la forza delle donne è visibile a tutti i livelli delle strutture di potere della società venezuelana: da quelle di base, dove le donne dirigono l’80% degli organismi di massa rivoluzionari, fino ai poteri dello Stato, che sono 5, due in più di quelli canonici delle democrazie rappresentative, ovvero legislativo, esecutivo, giudiziario. La costituzione bolivariana ne prevede due in più, il potere Morale, o dei cittadini, e il Potere Elettorale, tutti rigorosamente eletti, come si direbbe da noi, “dal basso” e revocabili mediante referendum popolare a metà mandato, così com’è per la carica presidenziale. E a tenere insieme l’equilibrio di questi cinque poteri è il Tribunal Supremo de Justicia.

In questi giorni, si è diffusa la notizia della nomina di una compagna indigena al ministero della decolonizzazione e de-patriarcalizzazione in Bolivia. Una notizia ovviamente positiva. In Venezuela, però, questo esiste da quando esiste la costituzione bolivariana, nel 1999, e vi sono diverse ministre che rappresentano, secondo le proprie leggi ancestrali, le oltre 35 popolazioni native censite in Venezuela. Il dialogo, nel caso di queste elezioni, ha portato a numerosi incontri con tutte le componenti dell’opposizione, comprese quelle golpiste, dirette dall’imperialismo Usa, intenzionato a rimettere le mani sul paese, e che per questo hanno ripetutamente cercato di far fallire le discussioni.

Alla fine, si sono arricchite le modalità di voto di un sistema automatizzato considerato a prova di frodi, che dà risultati inoppugnabili in poche ore, e che procede già da mesi a revisioni e controlli, che proseguiranno anche dopo il voto da parte di tutti i partiti presenti e degli “accompagnanti” internazionali. Un sistema automatizzato che consegna una chiave segreta a tutti i partiti, che possono ulteriormente controllare lo svolgimento del voto, e che prevede sia un riscontro manuale e una ricevuta consegnata all’elettore, che il riscontro telematico con l’impronta, e anche l’immediato controllo a mano di un campione di oltre 50% delle schede scrutinate.

Il processo di dialogo ha consentito di ampliare il sistema proporzionale, il numero dei deputati, dei partiti, mantenendo però inalterata la cifra prospettica della democrazia partecipativa e protagonista. Il 40% dei candidati è giovane di meno di trent’anni, la maggioranza dei candidati si presenta per la prima volta, e la partecipazione delle donne è del 50%.

Dicevamo prima dell’esistenza dei 5 poteri che devono restare in equilibrio, pena la destabilizzazione della democrazia. È importante comprendere per questo che, nel 2015, quando si sono svolte le ultime parlamentari, ha vinto la destra. Come ha vinto? Facendo politica con le code, con la guerra economica che l’imperialismo ha scatenato già durante la malattia di Chavez, sperando sulla debolezza del nuovo quadro dirigente e nelle contraddizioni rimaste aperte. La stessa strategia utilizzata per far cadere il governo di Allende, in Cile.

Appena preso possesso del parlamento, con la sua ampia maggioranza, la destra ha immediatamente cercato di riportare indietro l’orologio della storia, tornando al sistema di una democrazia borghese, che era rimasto in vigore dal 1958 fino alla costituzione del 1999. Ha, quindi, cercato di usare uno dei cinque poteri, quello legislativo, come leva per destabilizzare lo Stato, mentre la propaganda neocoloniale dalle nostre parti, che considera degna di rispetto solo la democrazia borghese occidentale, ci faceva credere che Maduro stesse chiudendo il Parlamento.

Quelli sono stati anni di violenza furibonda scatenata dalla destra golpista, che qui veniva presentata come democratica e pacifica mentre bruciava vive per strada le persone per essere considerate chaviste (29 sono finite così). Violenze stoppate una volta di più con la democrazia diretta, con la partecipazione popolare, con il potere popolare organizzato.

 Il 1° maggio del 2017, durante la festa dei lavoratori e delle lavoratrici, Maduro ha infatti convocato il potere popolare costituente, la massima istanza di potere per l’agorà bolivariana e non solo. Uno sguardo alle richieste che salgono dal Cile e dalle altre parti dell’America latina fa capire quanto è profonda l’esigenza che sia la volontà popolare – quella vera e non mediata dalle elite che sempre la calpestano – a far sentire la propria voce nello sfascio del capitalismo e dei suoi meccanismi di potere a livello mondiale.

Eppure quella decisione, mediante la quale la maggioranza della popolazione ha votato per l’apertura di un’Assemblea Nazionale Costituente, da queste parti è stata vista come un atto autoritario. Maduro chiude il parlamento, si è detto, mentre da quel parlamento in mano alle destre si progettavano attacchi destabilizzanti, si chiedevano misure coercitive unilaterali considerate crimini contro l’umanità dall’Onu, e si preparava l’autoproclamazione di Guaidó e il furto legalizzato dei beni venezuelani a livello internazionale.

Ovviamente, data l’autorità plenipotenziaria dell’Assemblea Nazionale Costituente, quel focolaio destabilizzante che era ormai diventato il parlamento, e a cui si dimostrava progressivamente insofferente anche la parte non golpista della destra venezuelana, si sarebbe potuto chiudere. Invece, sia la ANC che il parlamento di opposizione hanno continuato a legiferare nello stesso palazzo, un’aula di fronte all’altra. Quanti hanno riflettuto su questo?

Vi sono, beninteso, comunisti che criticano per così dire da sinistra questa filosofia del governo bolivariano, che preferisce far spegnere gli incendi da sé utilizzando solo un minimo di coercizione da parte dello Stato. Ma, anche in questo caso, bisognerebbe guardare alla storia delle rivoluzioni, sia a quelle del grande Novecento, che ai processi di cambiamento strutturale che si sono faticosamente messi in marcia dopo la scomparsa di quel mondo: alla fatica per ricostruire un linguaggio comune nella generale demonizzazione del comunismo; alla difficoltà di mettere insieme una sinistra disgregata e smorzata come quella a cui ci troviamo di fronte noi; allo sforzo titanico di aver ricompattato un blocco sociale anticapitalista e antimperialista rimotivando un nazionalismo progressista e popolare, e riconvertendo le spinte insurrezionaliste e guerrigliere nella costruzione di un passaggio alla lotta politica con altri mezzi, ma con gli stessi principi (un passaggio reso impossibile dalla società disciplinare in Italia); alla difficoltà di ricostruire nuovi rapporti di forza in un mondo dominato dal sistema capitalista.

In questo senso, il Venezuela è da considerarsi un esempio anche per i rivoluzionari e le rivoluzionarie dei paesi capitalisti, messi di fronte, soprattutto in Italia, a una questione inaggirabile: perché non si è arrivati al potere né con le elezioni né con la lotta armata? Perché, anche con il consenso che aveva la sinistra in Grecia, non si è riusciti a passare?

 Il Venezuela, come per altri versi e per altri tempi ha fatto la piccola imbarcazione del Granma a Cuba, ci dice che si può fare. Dice che si possono organizzare le masse intorno a un progetto di cambiamento strutturale tenendo conto delle nuove condizioni, delle alleanze e delle modulazioni, ma a condizione di mantenere lo stesso spirito che ha animato la rivoluzione del 1917 e che ha portato l’Unione sovietica, o la Lunga marcia cinese, a tener duro contro l’imperialismo.

Il Venezuela è un esempio di resistenza e un esempio dei costi da pagare anche per una democrazia vera, che solo ci dà il socialismo. Pensate che, con tutto quel che hanno passato e stanno passando i settori popolari a causa del feroce blocco economico-finanziario imposto dagli Usa e dall’Europa, con tutta la tradizione di rivolte popolari che hanno non si sarebbero già liberati di Maduro e del quadro dirigente bolivariano?

Se non lo fanno, se non finiscono nella trappola della destra, com’è successo in Brasile e in altri paesi dell’America Latina, è grazie all’alchimia che hanno messo in campo, appunto, nella dialettica tra conflitto e consenso, ove la coscienza popolare, il potere popolare organizzato, costituisce la linfa centrale.

Per guardare alla rivoluzione bolivariana occorre smettere i paraocchi, perché l’irruzione di Chavez ha scompaginato le tradizionali categorie tra destra e sinistra, ma non come si è fatto da noi in nome di un postmodernismo che ha minato la necessità della lotta di classe. Lo ha fatto rilanciando a modo suo nel presente il laboratorio novecentesco, e portando all’attenzione del mondo i limiti della democrazia borghese: i limiti di un voto rituale in cui a decidere sono poi sempre quelle 60 famiglie che governano il mondo. “Negli Stati uniti c’è un sistema fraudolento, da terzo mondo”. Sapete chi lo ha detto? Il signor Donald Trump, rispondendo ai giornalisti sul perché non intenda ammettere la propria sconfitta nei confronti del “democratico” Biden.

Intanto, le signore e i signori della Troika, in Europa, si trovano di fronte alla resistenza di quei paesi dell’Unione Europea che non ne vogliono sapere di offrire garanzie sui “diritti umani”. Ma l’Unione Europea sanziona proprio quei paesi che, come il Venezuela, mettono al centro i diritti basici delle persone, casa lavoro, sanità, educazione, senza disgiungerli da tutti gli altri diritti, essendo i primi i presupposti di tutti gli altri.

 Per comprendere la particolarità del sistema bolivariano, basta guardare la differenza fra quel che accade nei paesi capitalisti a proposito del rapporto tra legittimità del diritto e la legalità dello Stato borghese. Chi non ha una casa e la occupa, chi occupa spazi destinati alla speculazione e li consegna al pubblico, viene sloggiato e perseguito, chi non ha lavoro e protesta, viene “invitato” con la forza a rispettare la “proprietà privata”.

In Venezuela, quando le grandi imprese private scappano di notte mettendo i lucchetti alle fabbriche e lasciando a casa i lavoratori, sono gli stessi ministri e anche il presidente che vanno a togliere i lucchetti e a consegnare le fabbriche agli operai, dotandoli di strumenti per continuare la produzione.

Che tipo di società propone il socialismo bolivariano? Chiunque può farsene un’idea leggendo almeno tre testi fondanti: la Costituzione bolivariana, disponibile anche in italiano, il Libro Rosso, lo statuto del Partito Socialista Unito del Venezuela, e il libro Viola, con le tesi del socialismo femminista. Si potrà vedere così qual è la genealogia di riferimento, il pantheon di madri e padri che vanno dagli eroi e dalle eroine indigene, a quelli e quelle contro la schiavitù, fino all’albero delle tre radici: Simon Rodriguez, il maestro libertario del Libertador, Simon Bolivar, il padre della patria venezuelana il cui sogno era quello di costruire una Patria Grande per tutto il continente, e il simbolo delle lotte contadine, Ezequiel Zamora.

Vi sono poi i pensatori e le pensatrici del marxismo e delle indipendenze latinoamericane, e le influenze delle correnti di pensiero come la Teologia della Liberazione, che induce a considerare Cristo come il primo socialista. Uno dei riferimenti principali, è al rivoluzionario peruviano Carlos Mariategui, secondo il quale il marxismo non dev’essere né calco né copia, ma ispirazione ideale e concreta per la realtà concreta.

Il PSUV è stato fondato nel 2007, dopo un periodo di incubazione che ha messo a frutto tutte le suggestioni sperimentate nel laboratorio di pratiche e di idee che si era messo in moto in quegli anni e che, intorno all’esortazione di Simon Rodriguez, “o inventamos o erramos”, o inventiamo o sbagliamo, ha finito per mettere a tema nodi storici che hanno diviso, anche drammaticamente, il movimento operaio nel corso della storia: per esempio quello tra centralizzazione e autogestione.

Così, a fianco di processi di nazionalizzazioni che hanno consentito di riprendere in mano le principali industrie del paese, si va sviluppando lo stato delle comunas, dov’è il potere popolare organizzato, dentro ma anche fuori dal partito, che si occupa di gestire la polis, nelle fabbriche e nei quartieri, o nell’economia popolare, attraverso il bilancio partecipato. E una delle principali proposte che il chavismo porterà al nuovo parlamento, sarà quella di affiancare all’Assemblea Nazionale, il Parlamento delle Comunas.

Quella che propone il socialismo bolivariano è una società a economia mista, che combatte i grandi monopoli ma cerca di mettere al servizio dello sviluppo delle forze produttive la proprietà privata non speculativa, a condizione che rispetti le ferree leggi del lavoro e sull’ambiente. Una economia in cui sviluppare sempre più la proprietà sociale e autogestita, fino a ridurre il peso di quella privata, che comunque dev’essere tenuta sotto il controllo dello Stato.

E si potrebbe continuare, perché la rivoluzione bolivariana ha davvero un carattere permanente, continuo e dialettico, che prova a essere all’altezza delle sfide del presente. La sfida di quante e quante vogliono rimettere in moto un processo di cambiamento strutturale anche nei paesi capitalisti, ovvero che considerano, come si diceva una volta, che il primo dovere di un comunista è fare la rivoluzione nel proprio paese, è quella di abbandonare i tentennamenti e di dire con forza agli Stati Uniti e all’Unione Europea: giù le mani dal Venezuela. Lo si può dire anche firmando la petizione della Rete Europea in difesa della rivoluzione bolivariana che trovate, in diverse lingue, sul sito francese le deux rives:

https://www.les2rives.info/petition6d

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